jueves, 13 de febrero de 2014

Llegada a Estambul

Recuperado del trance, ya en el aeropuerto de Estambul, me sentí tan vacío por todo lo que dejé atrás (los amigos, la perra, el cepillo de dientes...), que solo pensé en recuperar lo perdido, así que llené este vacío con algunos bombones. Divisé un escaparate y en mi intento de entrar no había puertas, así que para acceder a mi dulce debía bordear la tienda y someterme a un control de equipajes, porque la entrada estaba fuera. Me registraron la mochila: un libro de Bulgakóv (El maestro y margarita), un calzoncillo –por si acaso-, un ipod –inútil durante el vuelo a causa de un viejo parlanchín sentado a mi lado-, un paquete de condones –regalo furtivo de mi madre e intacto allí por mi desilusión ante la belleza prometida de las azafatas de Turkish Airlines-, las servilletas empapadas en zumo de tomate y, ¡sorpresa!, ¡mi tan añorado cepillo de dientes! Finalmente alcancé mi meta. Allí estaban expuestos esos manjares dulces, y ahora solo era preciso encontrar el más rico, pero sus nombres no me ayudaban: que si şekerpare, que si kalburabasma, que si dilber dudağı, que si vezir parmağı, que si hanım göbeği... Entre ellos, ningún polvorón, ni carmela, ni mazapán, ni rosco de vino, ni huesos de santo, pero como mi tripa me decía que espabilara, tomé la decisión de mi vida: dos de cada (total, eran a 50 céntimos). Luego, y después de horas de espera, el siguiente vuelo, del que poco puedo decir, pues lo pasé durmiendo.

1 comentario:

  1. juli!!! que bueno!! jajajja te imagino ya mirando el escaparate con las tripas gruñando!!! jajajja
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