jueves, 13 de febrero de 2014

El viaje

¡Quién ha dicho que desde arriba se ve todo mejor! ¡Pero si solo hay nubes! Hoy, desde lo alto, pienso en lo que me he dejado aquí y que seguramente necesitaré allí nada más llegar. Sí, olvidé mi cepillo de dientes, y creedme que no me soporto con el sarro de dos días. Y sigo pensando en lo que dejé, y por más que doy vueltas en mi cabeza no consigo recordar si metí en mi maleta la crema de almendras, ¡y con el frío que allí hace! ¡Pobrecitas mis manos! No, y ahora en serio, desde arriba no se ve mucho, pero se piensa mejor: serán seis meses sin perra (de la real y de la que vale), sin padres, sin hermanos, sin amigos, y sin mi cepillo de dientes, porque no lo traicionaré con otro, así se me fijen marmolillos más duros que los de Carrara. Ha pasado el carrito y he pedido un zumo de tomates, porque es lo que se pide en los aviones, y como no había macetas para tirarlo, he conseguido absorberlo con mis servilletas y la de mis compañeros. Pero el poco zumo que tomé tuvo tales efectos, que no pude soportarme a la humillación de esquivar a la azafata con el carrito en contra, de resbalar con el rotulador del niño de la 34c y de quitar de mi mente lo que habría hecho antes que yo ese señor obeso –por ser educado- en ese cuartito al que yo entraría y que calificaría como milagroso después de haberlo visto escapar.

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