jueves, 13 de febrero de 2014
Al fin, Rostóv.
En un limpiar de legañas, llegué definitivamente a Rostóv, y pensé que las colas para comprar las entradas del Falla llegaban hasta aquí, pero no, era la aduana. Un funcionario, con malas palabras (o no sé, porque no entendía, aunque con un claro acento del norte) me preguntaría, digo yo, que qué iba a hacer allí y yo le contesté “Ia jachú rabotat b rostove” (o algo así como “quiero trabajar en Rostóv”), pero su risa me hizo sospechar que no fue esa la pregunta. Una señora rusa de detrás me señaló el calzoncillo que colgaba y casi se caía de mi mochila, que era posiblemente de lo que me advertía el aduanero.
Salí de aquello y allí esperaban dos muchachitas que en perfecto español me dijeron “tú venir con yo”. Pensaba que el primer choque sería lingüístico, y así fue, y que el segundo sería el frío, y no me equivoqué: cinco minutos después, mi moflete derecho no se movía, y ahí comprendí que mis encantos gestuales tampoco servirían. Subí a una limusina de 25 años, con el suelo enmoquetado con papel de periódicos, los asientos empapados por la humedad de culos anteriores y la sensación de que aquí comenzaba mi aventura.
El coche paró y ante mí una hilera de bloques soviéticos incrustados en un congelador de tres estrellas, luces tenues y un blanco apagado. Al pisar esa enorme alfombra blanca que me recibía, resbalé hacia atrás, que casi me desnuco con el bordillo de la acera, y en ese momento de impotencia, al intentar volver a mi posición inicial, recordé por un momento la historia que me contó un amigo sobre un colega suyo que, al igual que yo, dio con su espalda en el hielo y, a causa de su peso, nunca recuperó su condición de homo erectus, sino que más bien parecía blatta supina (o cucaracha panza arriba, para los que no tienen la suerte de tener estudios como yo). Tras segundos eternos, y pensar un poco en frío la situación, conseguí agarrarme al cinturón de seguridad del coche, que aún sobresalía de la puerta, y me erguí gracias a mi fuerza natural y educada, consiguiendo mi primera victoria contra Rusia.
Llegada a Estambul
Recuperado del trance, ya en el aeropuerto de Estambul, me sentí tan vacío por todo lo que dejé atrás (los amigos, la perra, el cepillo de dientes...), que solo pensé en recuperar lo perdido, así que llené este vacío con algunos bombones. Divisé un escaparate y en mi intento de entrar no había puertas, así que para acceder a mi dulce debía bordear la tienda y someterme a un control de equipajes, porque la entrada estaba fuera. Me registraron la mochila: un libro de Bulgakóv (El maestro y margarita), un calzoncillo –por si acaso-, un ipod –inútil durante el vuelo a causa de un viejo parlanchín sentado a mi lado-, un paquete de condones –regalo furtivo de mi madre e intacto allí por mi desilusión ante la belleza prometida de las azafatas de Turkish Airlines-, las servilletas empapadas en zumo de tomate y, ¡sorpresa!, ¡mi tan añorado cepillo de dientes!
Finalmente alcancé mi meta. Allí estaban expuestos esos manjares dulces, y ahora solo era preciso encontrar el más rico, pero sus nombres no me ayudaban: que si şekerpare, que si kalburabasma, que si dilber dudağı, que si vezir parmağı, que si hanım göbeği... Entre ellos, ningún polvorón, ni carmela, ni mazapán, ni rosco de vino, ni huesos de santo, pero como mi tripa me decía que espabilara, tomé la decisión de mi vida: dos de cada (total, eran a 50 céntimos).
Luego, y después de horas de espera, el siguiente vuelo, del que poco puedo decir, pues lo pasé durmiendo.
El viaje
¡Quién ha dicho que desde arriba se ve todo mejor! ¡Pero si solo hay nubes! Hoy, desde lo alto, pienso en lo que me he dejado aquí y que seguramente necesitaré allí nada más llegar. Sí, olvidé mi cepillo de dientes, y creedme que no me soporto con el sarro de dos días. Y sigo pensando en lo que dejé, y por más que doy vueltas en mi cabeza no consigo recordar si metí en mi maleta la crema de almendras, ¡y con el frío que allí hace! ¡Pobrecitas mis manos! No, y ahora en serio, desde arriba no se ve mucho, pero se piensa mejor: serán seis meses sin perra (de la real y de la que vale), sin padres, sin hermanos, sin amigos, y sin mi cepillo de dientes, porque no lo traicionaré con otro, así se me fijen marmolillos más duros que los de Carrara.
Ha pasado el carrito y he pedido un zumo de tomates, porque es lo que se pide en los aviones, y como no había macetas para tirarlo, he conseguido absorberlo con mis servilletas y la de mis compañeros. Pero el poco zumo que tomé tuvo tales efectos, que no pude soportarme a la humillación de esquivar a la azafata con el carrito en contra, de resbalar con el rotulador del niño de la 34c y de quitar de mi mente lo que habría hecho antes que yo ese señor obeso –por ser educado- en ese cuartito al que yo entraría y que calificaría como milagroso después de haberlo visto escapar.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)


