jueves, 3 de abril de 2014

Cocinando

Cuando uno viaja, siempre se lleva en su maleta algo de su cultura. Yo, como buen viajero, me llevé a Rusia mi cultura española. En mi residencia, organizamos una fiesta internacional, para la que cada uno tenía que llevar un plato de su país. Mi compañera española y yo preparamos una comida muy típica de nuestro país: la paella. Todos mis amigos saben que soy muy buen cocinero, aunque la paella no sea mi mejor éxito culinario. Lo lógico hubiera sido preparar mi famosa empanada de jamón, queso y dátiles, pero aquí en Rostov me faltaba un ingrediente primordial: ¡La cocinera! Sí, he de confesaros ahora que os he mentido durante años, la famosa empanada que preparo siempre es de mi madre. Ya sé que todos lo sabíais pero ahora me siento mucho mejor. Total, decidimos preparar una paella. Picaron las verduritas mientras yo me remangaba la camisa, mi compañera empezó a freír las cebollas mientras yo me quitaba las pulseritas. Le echó los mariscos y la carne mientras me lavaba las manos. Cuando por fin estuve listo para ayudarla, ya le estaba echando el arroz. ¡Ay! y yo que quería tanto ayudarla. Pero no pasa nada: fue un trabajo de equipo.

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