jueves, 27 de marzo de 2014

Los primeros contactos

Al llegar a un sitio nuevo cada experiencia nueva es como un primer contacto: con mi compañero, con la nieve, con la comida, etcétera. Al despertarme aquella primera mañana en Rostov noté cómo mi cuerpo deseaba salir y explorar ese nuevo mundo. Me levanté, cogí mi maleta y exploré sus adentros con el objetivo de encontrar las vestiduras adecuadas a la aventura que me esperaba. Me acorde que Indiana Johns, explorador modelo, llevaba un sombrero y una chupa de cuero y me di cuenta que mi maleta no contenía ni sombrero de cowboy —porque no es mi estilo— ni chupa de cuero. ¡Vaya! Ya puedo empezar una lista con las cosas que voy a echar en falta: número 1, mi chupa de cuero. Ya que no encontraba la ropa adecuada para mi primera aventura, opté por un abrigo oscuro forrado de pelitos con capucha y un par de guantes: estaba listo para mi primer contacto con el frío y la nieve. Dicen que las primeras veces siempre duele, ¡es cierto! Al pasar el umbral de la residencia noté cómo el viento frío se introducía en mi abrigo y como se me congelaban los mofletes. Pero me daba igual, como un buen aventurero bajé los 4 escalones de la residencia y puse el pie en una nieve que crujía como cuando masticas un merengue francés. ¡Qué sensación! Di unos pasos más. Era frío y húmedo pero nada desagradable. Me acordé que en muchas películas la gente se tumba boca arriba en la nieve, mueve los brazos para dejar la huella de un ángel. Pero no soy tan loco ni atrevido y seguí mi camino.
Al lado del camino que intentaba seguir, descubrí un banco cubierto de nieve fresca: la ocasión era perfecta para un primer contacto con la una nieve azúcar glas. Ajusté bien mis guantes e introduje las manos en el montón blanco. Era frío y parecía desaparecer entre mis dedos. Empecé a amontonar más nieve, aplastándola, presionando la bola con mis manos. Rápidamente me di cuenta que mis guantes (de lana, detalle que tiene su importancia) estaban empapados de agua helada, pero esta se imantaba en el guante. Esos contratiempos no iban a impedirme disfrutar de este momento mágico, así que seguí juntando más nieve hasta obtener una “bola” de tamaño razonable (de bola sólo tiene el nombre, porque la forma no era precisamente la que esperaba). Estaba tan excitado que no me di cuenta que me sonaba la tripa: mi desayuno me esperaba. Además, la mitad de mi cuerpo estaba ya al 45% de congelación. Intenté soltar la bola de nieve pero la lana de mis guantes no soltaba la nieve, que se quedaba como pegada; cada vez que intentaba quitar la nieve de mis manos, más se quedaba pegada. En fin, tiré la toalla, me quité los guantes y me fui a desayunar.